Texto invitado
César Gaytán/ Semanario
Cruzó la puerta de la casa y encontró dedos, orejas y ojos en el suelo.
Olía a sangre de varios días. Apenas pudo contener el vómito.
Pensó que lo iban a matar. Un hombre encapuchado de casi dos metros lo condujo a empujones hacia la habitación donde pasaría las cinco peores noches de su vida. –Bienvenido, ésta va a ser tu nueva familia. Aquí si tienes dinero sobrevives, si no, no” le dijo.
La oscuridad lo llevó a tropezarse con varios hombres amordazados como él.
Pudo sentir en sus pies los cuerpos. No pudo ver cuántos eran, se enteraría después, por una plática de sus captores, que había más de 200 ahí adentro.
Este es el relato de Alexis a quien le dicen “El Pescado”. Nació en Puerto Cortés, Honduras y pensó que su futuro estaba en Estados Unidos. Venía huyendo del tercer país más pobre de América Latina, de un lugar donde el salario mínimo se paga en 31 lempiras (poco menos de dos dólares) y donde el crimen organizado cobra 14 vidas diarias.
Escapaba también de los recuerdos que le traía su familia. De Mateo, su papá, no supo nada desde que tenía tres años. De Ernestina, su mamá, sólo se acuerda del cable de luz con que le azotaba la espalda y aquellas ocasiones que lo obligaba a hincarse por horas en la arena como castigo por pelear con sus hermanas. El Pescado tenía 23 años y quería un borrón y cuenta nueva. Había logrado llegar hasta Villahermosa cuando la policía federal lo detuvo en la central camionera. Como no les quiso dar 3 mil pesos lo subieron a la patrulla.
Le dijeron: “Te vamos a llevar con unos amigos”. Fue hasta que lo cambiaron a otro carro y le vendaron los ojos cuando supo que estaba secuestrado. “Vamos al Rancho, traemos un pollo bueno”, escuchó que decían por teléfono.
Así fue como Alexis llegó a esa habitación donde había un silencio más sórdido que el que conoció en el desierto la primera vez que cruzó a los States. Nadie se movía ahí adentro, todos estaban atados de pies y manos, y aunque a él no lo sujetaban todavía, tampoco se movía, el miedo se le había metido en el cuerpo hasta entumecerlo.
La atmósfera del cuarto se hizo más pesada cuando llegó a visitarlos “El Güero”, quien parecía ser el jefe de la casa y les fi jaría las reglas. “Aquí nos dan su número de teléfono o se mueren, hijos de la chingada” les dijo conteniendo el toque que le había dado al cigarro de mota y se fue. Afuera de la habitación había otros dos vigilantes. Alexis escuchó que les llamaban “El Cholo” y “El Pecas”, de quienes se aprendió los apodos conforme avanzaba la madrugada. Por una conversación entre ellos que apenas recuerda fue que se dio cuenta que en los otros cuartos de la casa había más migrantes como él.
–¿Cuántos tenemos, cabrón? –preguntó “El Cholo”. –Dice el jefe que como 200.
-¿Y de dónde los agarró?
-Del pinche tren que iba a Tamaulipas. –¿Y como cuánto crees que les vamos a sacar? –Pues nada más mira a estos pendejos, se ven bien jodidos.
Alexis hubiera preferido dormirse, pero “El Cholo” y “El Pecas” tenían la encomienda de entrar a la habitación cada media hora. “Nos golpeaban para que no durmiéramos y nos decían: ‘alístense para darnos el número de su casa o si no los vamos a matar’”.
A pesar de sus fracasos en morirse, no sería lo mismo dejar que lo mataran o peor aún, dedicarse a matar. No lo convencieron.
-¿Te llamó la atención irte con ellos?- le pregunté.
-Sí lo pensé, lo pensé un rato… pero de nada me iba a servir trabajar así. Bien me mata el batallón (El Ejército) o me matan ellos mismos. En ese momento no sabía ni qué pensar de tanto miedo que tenía, tanto nervio.
-¿Qué te ofrecían?
-Querían que trabajara de guardaespaldas de ellos y que me darían mil 500 dólares. Se trataba de cuidar la casa y si se me escapaba alguien me lo descontarían de la paga.
Alexis ya había visto lo que le habían hecho a un salvadoreño que les negó el número de teléfono y la oferta de trabajo. “Lo amarraron para obligarlo a hablar, le prendieron papeles entre los dedos de los pies y las manos. Terminó dando el teléfono y su familia depositó mil 800 dólares”. Se lo llevaron y ya no regresó.
También vio cómo un hondureño no la pensó dos veces para irse con ellos. “Me dio algo de lástima verlo luego luego de escolta”.
Alexis sabía que decir que sí era como hacer un trato con el Diablo, pero tampoco tenía muchas opciones. Lo que hizo fue darle largas a “El Güero”, quien le advirtió: “Tienes un día para darnos tu teléfono o te matamos”.
LA HUÍDA
“Si no escapaba me iban a matar”, pensó. Era el quinto día.
La idea de huír lo mantuvo despierto toda la noche hasta que clareó y pudo ver que la ventana del cuarto no tenía reja. Si Alexis rompía el vidrio cabría fácilmente con sus apenas 60 kilos. Por su complexión, cualquiera que lo viera pensaría que acababa de entrar a la secundaria.
Ese día no fue diferente a los demás, sólo sudaba más de lo normal. En los ratos que los captores salían de la habitación, Alexis fue enterando a todos de su plan. No todos se la jugarían como él.
Esperó que esa noche, sus captores, armaran otra vez fi esta. Supo que tendría suerte cuando escuchó a todo volumen el reaggeatón y le llegó el olor a mota. “A los compañeros que estaban menos golpeados y que tenían miedo de escapar los pusimos en la puerta para que taparan el paso mientras rompíamos el vidrio con un zapato” narra.
Alexis fue el primero en saltar y detrás, lo hicieron 24 más que se agarraron a correr con él. Lo único que querían era que se los tragara la noche y no los encontraran. Así anduvieron durante seis horas. El día llegó con el sonido del tren que los atrajo como imán. Fue así que llegaron hasta Tierra Blanca, un municipio serrano ubicado en el centro de Veracruz.
“De los que escapamos, la mayoría se entregaron a migración, otros siguieron su camino, yo me quedé en una clínica donde me sanaron las heridas, principalmente mis ojos que los traía bien infectados”. Pese a todo lo que pasó, Alexis sigue pensando que su futuro está en EU. Fue así como siguió su camino y paró a descansar unas semanas en la Posada de Belén, una casa en Saltillo cercana a las vías del tren, que diariamente hospeda cerca de 80 migrantes.
Ahí cenaba el día que se enteró de la muerte de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas. La noticia la recibió como una puñalada y otra vez se le cargó la tristeza. Aunque ya la había librado y estaba a unos pasos de cruzar
México, zona minada
Estos son los estados que los migrantes tendrían que evitar para llegar a salvo a EU. Resalta el sur del país como la zona más peligrosa para ellos.
Veracruz. 2 mil 944 casos.
Tabasco, 2 mil 378 casos.
Tamaulipas, 912 casos.
Puebla, 92 casos.
Oaxaca, 52 casos.
Sonora, 45 casos.
Chiapas, 42 casos.
Coahuila, 17 casos
San Luis Potosí, 15 casos.
Estado de México, 6 casos.
Guanajuato, Nuevo León y Tlaxcala, 5 casos en cada uno.
Chihuahua 2 casos.
Distrito Federal 1 caso
Autoridades involucradas
En al menos 91 casos, las autoridades formaron parte del secuestro 9 mil 194 fueron secuestrados por bandas organizadas.
56 por bandas y autoridades 35 por autoridades.
En 467 casos no se pudo especificar.
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